Reyes es la punta de flecha de toda la literatura mexicana actual

De WikiNoticias UANL

28 de septiembre de 2007

"Reyes es la punta de flecha de toda la literatura mexicana actual, fue un humanista, un hombre de exquisita cortesía, que se interesaba en la ciencia, la literatura, tenía una cultura universal", expresó la escritora Elena Poniatowska previo a la inauguración de la exposición Alfonso Reyes. El sendero entre la vida y la ficción.

Supo bien aquel arte que ninguno/ supo del todo, ni Simbad ni Ulises/ que es pasar de un país a otros países/ y estar íntegramente en cada uno. Los versos que escribiera Jorge Luis Borges sobre Alfonso Reyes, fueron rememorados por Elena Poniatowska en una tarde de gratas e interesantes memorias en la Capilla Alfonsina de la UANL, minutos antes de que quedara inaugurada la sede universitaria de la Exposición Alfonso Reyes. El sendero entre la vida y la ficción.

“Esta es una exposición íntima, familiar –dijo la destacada periodista y narradora-, Reyes es la punta de flecha de toda la literatura mexicana actual, fue un humanista, un hombre de exquisita cortesía, que se interesaba en la ciencia, la literatura, tenía una cultura universal.”

La primera vez que oyó hablar de Alfonso Reyes fue por boca de su madre.

“Al regresar de una cena repleta de ingenios, me contó: ¡Estuve con Don Alfonso, no sabes qué simpático!”

También había oído las historias de la tía Michelle, quien conoció a Reyes cuando era embajador de México en París. “Me echaba piropos, me decía frases muy ingeniosas, iba de acá para allá en los salones... avivando las conversaciones que palidecían, poniendo el pulso agudo de su inteligencia sobre cada inerte pensamiento, hablaba de Goethe y de Virgilio pero sin perder su tono festivo, no tenía nada de solemne.”

Muchos años después de las referencias primeras, lo conoció Elena.

“No había cambiado mucho, -recuerda-, casi siempre que llegaba yo lo encontraba en compañía de dos o tres muchachas en animada chorchita, algo así como una versión muy personal de algún salón literario dieciochesco. Ellas le consultaban sobre estilos, el uso de los gerundios y las posibilidades de escribir en tres días una novela que hiciera época.”

Desde sus primeros contactos con Reyes, Poniatowska advirtió su ternura hacia las mujeres, las escritoras, las poetisas se pasmaban, ¡ay este Don Alfonso tan caballeroso y cumplido!

También contó cómo un día llegó a verlo Pita Amor y le preguntó: ¿Puedo decir que mi hijo es tuyo?, “y Don Alfonso se hinchó como un acordeón y dijo: ¡Ándale sí, cómo no, tú di que es mío! Entre tanto Manuelita sonreía benévola. Me pregunto si Don Alfonso hubiera llegado a ser lo que es, sin Manuelita junto a él.” Dijo Elena de Manuela Mota, con quien Reyes contrajera matrimonio en 1911.

Las memorias de cuando Doña Manuelita se enamoró de Reyes, también fueron compartidas. “Lo conocí en la preparatoria cuando estudiábamos, -había dicho Manuela Mota-, y todavía lo veo con sus bracitos llenos de libros, gordito... fue muy buen amigo conmigo, me ayudaba a estudiar, usaba un sombrerito redondo de alas levantadas del que se le escapaban unos bucles de oro, tenía 16 años entonces, me enamoré, porque era muy rubio y tenía rizos, pero me engañó, y pronto los perdió.”

Muchos son los aspectos de la vida y obra de Alfonso Reyes que han sido objeto de estudio y reflexión por parte de Poniatowska. Su traslado a París, después de la muerte del padre, su trabajo como segundo secretario de la Legación Mexicana en Francia, su viaje a Madrid un año más tarde con su esposa y su hijo; el trabajo para instituciones de cultura, editoriales y periódicos, sus investigaciones en el Centro de Estudios Históricos de Madrid, el nombramiento como Segundo Secretario de la Legación Mexicana en España, sus misiones diplomáticas en Francia, Argentina y Brasil.

La primera vez que Elena Poniatowska llegó a entrevistarlo a su casa de la calle de Benjamín Hill se volvió un tiempo inolvidable.

“Fue en 1953, llegue a entrevistarlo y desde que entré me gritó desde arriba: ¡Me perdonas que no baje hijita, pero aquí estoy como un loro subido en su estaca!

“No, no es una estaca, -pensaba la joven Elena-, es un palomar, en este palomar siempre lleno de papeles voladores, de palomas griegas, latinas, renacentistas y del siglo de oro español, que el humanista intenta retener en pequeño archiveros de madera, don Alfonso escribe, trabaja y hasta duerme.”

“-Duermo aquí –y me señaló el sofá- y en la noche cuando tengo que escribir puedo levantarme sin perturbar el sueño de los demás.... solo necesito dormir unas cuantas horas, menos de cinco, el trabajo me absorbe las demás, cuando al final llego a dormirme lo hago siempre con un libro entre las manos.”

Describe la escritora las verdaderas olas de volúmenes que coleccionaba como tesoro Alfonso Reyes y “que amenazan con revolcarnos y llenarnos la boca de letras.” Le contó sobre su infancia, cuando ensayaba la magia negra, la blanca, los juegos, un teatrito de títeres hecho por él mismo con cartones cortados y cuando en Monterrey su padre lo hacía montar en su caballito precioso llamado El Lucero.

Elena quiso saber que sería de Alfonso Reyes sin su verso, su prosa, su novelística, sus prólogos, ediciones, sus ensayos, sus traducciones... “Yo he dicho a menudo, hijita, que si bien es para mí una respiración natural de mi alma, seguramente a esta vocación debo el haber podido sobrellevar ciertas amarguras y tragedias de mi vida.”

Reyes le confesó su inclinación hacia aquellos libros, que según había advertido, tenían mejor acogida en el público, “mi Visión de Anáhuac, mi Ifigenia Cruel, y El Deslinde, prosa poética, drama poético y pensamiento sobre poesía.”

“Le pedí un consejo a Alfonso Reyes para los que se inician en la literatura, algunos principios que a su juicio podrían gobernar la acción de los escritores mexicanos, y respondió: los mismos principios que se aplican a los mexicanos en todos los órdenes de nuestras actividades, hagamos las cosas bien, lo mejor que podamos tanto ética como estéticamente. México valdrá lo que valga la conducta de los mexicanos.”

Reyes le habló de sus poetas favoritos y Elena acabó cantándole la balada de una joven que bajó al jardín a recoger romeros.

“En realidad aquella no fue una entrevista, sino un regreso a los orígenes, la imagen de él que más se me ha quedado en la memoria, es la de la crónica rápida, las cartas inteligentes, el mensaje ingenioso, escrito casi sobre las rodillas, a vuelo de pluma... el rostro de sueño de Don Alfonso, su barbita puntiaguda de pelo blanco, sus ojos brillantes aún se me aparecen desde el fondo de las edades para decirme que Espartaco nada le exige a Cuauhtémoc, y que si amo a La Llorona, bien puedo amar a Medea.”

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