René Gerardo García en el Teatro del Centro de las Artes

De WikiNoticias UANL

2 de agosto de 2005

René Gerardo García recibió una fiesta sorpresa a su trayectoria de medio siglo como catedrático, bailarín y coreógrafo de danza clásica, contemporánea y folclórica, además de maestro fundador de la Facultad de Artes Escénicas de la UANL.

La noche del 29 de junio de 2006 en el Teatro del Centro de las Artes fue irrepetible: recibió una fiesta sorpresa a su trayectoria de medio siglo como catedrático, bailarín y coreógrafo de danza clásica, contemporánea y folclórica, además de maestro fundador de la Facultad de Artes Escénicas de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL).

Fue la noche del “tícher” René Gerardo García, como muchos lo conocen o palabra que suele utilizar. Alumnos y ex- alumnos de diferentes generaciones lo agasajaron en Estudio de los sabores, proyecto coreográfico dirigido por Elvia Mitates y Musse Danza Contemporánea. En el reconocimiento también participaron Jenny Villarreal y Martha Cantú, entre otras personas.

“Esa noche los veía tranquilos y me decía a mí mismo: ¿qué les pasa? y al mismo tiempo me respondía: cálmate, dije casi en un murmullo, pero traían copas de vino en el foro y yo decía: y mi numerito que sigue y mi solo. Luego viene Jenny y le digo: ¿qué está pasando? y me dice: ‘Usted disfrútelo, es su noche’, y sí, fue mi noche. Ensayamos otra cosa, pero a la hora de la hora, me sacan de la jugada para hacer lo que ellos querían. Reconocimiento te lo acepto, pero yo soy muy joven para recibir homenajes”.

El espectáculo de danza, en el que participaría como bailarín, finalmente derivó en un reconocimiento que agradeció profundamente. Aunque no quitaba el dedo del renglón: esperaba llevarlo a escena de manera formal como se había planeado desde el principio.

Al día siguiente de esa “noche irrepetible”, García, uno de los pilares de la danza en la entidad, todavía estaba emocionado por las muestras de afecto y camaradería de quienes le acompañaron: “Luigi, Rogelio, Marcela y tanta gente que no veía desde 1976 ¡desde 1976!”, le tiembla la voz y su hablar es pausado.

Tal vez se piense que la danza es algo parecido a un cuento de hadas o de mucho brillo y lentejuela, de puro leotardo, canapés y pandereta, no, menos un paseo por la calle del infierno, pero la vida de este hombre de perfil quijotesco y figura juvenil, “con tantos años (de edad) como para llenar un armario”, no ha sido una tragedia, tampoco miel sobre hojuelas, ha sido eso, vida.

“Mi vida ha sido valiente, audaz, temeraria, porque hacíamos cosas que no era el común de la gente”, dice quien forma parte de la historia de la danza en la entidad.

Sus pasos imperceptibles, casi felinos, han andado por ahí; de bailarín en México, Estados Unidos y Australia a cocinero y lavaplatos en Nueva York, además de maestro en la Universidad de Connecticut; de recibir los aplausos de un público maravillado en diferentes escenarios nacionales a internacionales, a la soledad de un departamento; de vivir el horror de la noche del 2 de octubre de 1968; elegir entre Nueva York y Monterrey y decidirse por ésta “porque hay mucho que hacer” por la que ha sufrido, pero sobre todo amado.

“El dejar tu casa, tu familia, tu trabajo, solo, sin nada y sin nadie”, señala, “porque también quedarte en Nueva York también, sin amigos, sin nada y sin nadie, y yo me decía: ¿qué estás haciendo aquí? Pero no me arrepiento de lo que hice y lo que estoy haciendo hasta ahora, estoy a gusto con mi vida, pero que hay mucho por hacer”.

Todo empezó cuando veinteañero y catequista, una tarde soleada, quedó impactado al ver bailar a un grupo de danza contemporánea en un local de Arte, A. C., ubicado en esa época de los años 50 del siglo pasado por la calle de Padre Mier.

Aquellas jovencitas eran Minerva Mena Peña, Emma Myrthala Cantú y Graciela Suárez, acompañadas por el también maestro Jesús Daniel Andrade, quien también bailaba, al igual que Onésimo González.

Hoy todos ellos, como García, fueron maestros fundadores de las escuelas de danza, teatro y música de la Máxima Casa de Estudios y, claro, forman parte de la historia artística nuevoleonesa de la segunda mitad del siglo pasado.

“Cuando las vi bailar, me dije: esto es lo mío”, asiente García. “¡Qué bruto!, ¡qué grupo! El grupo, al que se integró, también estudiaba con Andrade en el local de la Escuela de Danza Moderna y Mexicana que pertenecía a la entonces Universidad de Nuevo León y que años después desapareció. Con Andrade aprendió la técnica alemana expresionista de Clayton Dalton.

“Con nuestro grupo nos presentábamos en la Plaza de la Luz, el quiosco de la plaza Zaragoza, con los masones, que nos querían mucho, íbamos, llegábamos con el equipo de sonido y la gente fascinada y nosotros también”. En esos días, aclara, los hombres no participaban en los grupos de danza, incluso, en algunas academias los papeles masculinos los interpretaban mujeres, lo que hoy puede provocar extrañeza… o risa.

Pese a eso en aquellos años, García agregó que también tomó clases de clásico con Javier Garza Galindo en el Colegio Franco Mexicano, donde conoció a María Eugenia Fuentes, también excatedrática de Artes Escénicas. “Como no había teatros para nosotros”, expresa, “el Florida era para la ópera, y el Elizondo, para las academias de danza de Leonorcita Barocio y Blanca Areu, pero yo quería más, mucho más.”

Entonces, en 1958 se fue a la ciudad de México a bailar a la compañía de Amalia Hernández y en el Palacio de Bellas Artes. “Quería ser bailarín y entré al ballet folclórico de Amalia, en ése entonces había bailarines, ahora los veo bailadores, bailaban Veracruz divino, pero un Michoacán no te lo podían hacer”, dice.

La vida está hecha de decisiones y entre el clásico y el folclórico, elige el segundo porque en el primero no había mucho trabajo y había que comer. En estos años tuvo gran aprendizaje con giras por ciudades de Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y otros. Llega a estar tan harto de avión-hotel-presentación-hotel-avión, que no quiso ir a Rusia, de lo que se lamentó después.

Justo diez años después de su estancia en la capital del país, ocurre otro cambio en su vida. Era la tarde del 2 de octubre de 1968 y vivía en un departamento frente a la Plaza de las Tres Culturas. “Me dicen que va a haber un mitin en la plaza y vienen gentes y más gentes, estudiantes y había tanques de guerra. Se cortó la luz y el teléfono, y el primer sonido de cañón que oí vino a darle a mi boiler y se inundó el departamento.”

Recuerda que “me asomaba por la ventana y estaba todo oscuro: una mujer gritaba: ‘me mataron a mis hijos, me mataron a mis hijos, a mi esposo’ y sólo escuchábamos los sonidos de metrallas, luego el silencio. Metralletas, silencio. Qué nochecita. Fue horrible. Muchos meses y años después me levantaba enloquecido recordando lo que viví esa noche”.

A la mañana siguiente, la plaza estaba limpia “como si no hubiera pasado nada”, dejó el departamento con todo, “yo me voy de este país, a México no vuelvo ni aunque le pongan flores”, se fue al aeropuerto y decidió marcharse a Nueva York, donde sólo contaba con el pasaporte y el boleto de regreso “sin nada, ni nadie, completamente solo”.

Trabaja de lavaplatos, cocinero y en una panadería, vivió en Queens y en Manhattan, se casó y se separó, pero en la Embajada de México en aquella ciudad lo contrataron como maestro y bailarín para las celebraciones de las fiestas patrias, “me ayudaba mucho, pues me pagaban muy bien”, igualmente impartió clases de danza en la Universidad de Connecticut, donde además preparaba las coreografías con la gastronomía típica y el vestuario, “y se veía chistoso porque eran americanos, güeros vestidos de charros”.

Precisamente por tener que comer, deja pasar el casting de Jesucristo Superestrella “mis padres me excomulgan, dije aquella vez”, pero luego del éxito en el teatro y el cine, “qué tonto, pero sopesaba las cosas, eso está muy padre, pero tengo qué comer”.

Pese a que Nueva York era la ciudad que no dormía, estupendos museos, teatros, vida bohemia, en 1976 decide regresar a Monterrey justo en el surgimiento del Instituto de Artes del que nacerían las facultades de Música, Artes Visuales y Artes Escénicas.

García se reencuentra con Mena Peña, Cantú y Andrade, entre muchos otros, participa en la elaboración del plan de estudios de la Escuela de Danza –ubicada en un local por la céntrica calle de 5 de mayo–, donde Alejandra Serret se hace cargo del área contemporánea, en la que García impartía clases, Andrade, de la folclórica, y Fuentes, de la clásica.

Fueron días de entrega, esfuerzo y compromiso de muchas personas. “Con Andrade dijimos: vamos a hacer algo, a juntarnos, a tocar puertas, a andar peleándonos para hacer el plan de estudios de la carrera”, expresó, “hay que crear la necesidad primero y tener los alumnos para poder responder”, expresa.

Hubo horas convulsas: “fuimos perseguidos por dar clases de arte, nos pusieron guaruras e insultaron. Hubo broncas con el sindicato, que estaba en huelga, y no querían que diéramos clases, y yo lo hacía”. A la ciudad que eligió por Nueva York, le grita: “¡maldita ciudad, bachetera!” Luego los años pasan, las aguas se amansan.

Del local anterior “que se lo llevó la Gran Plaza” a principios de los años ochenta, a la Unidad Mederos, donde se ubica la Facultad de Artes Escénicas. “Nuria Bages, Rosario Zambrano, Hester Martínez y Dolores Bernal son sólo algunas de las primeras generaciones que egresaron”, señaló, “también Eréndira Vega, Reynold Guerra, Miguel Banda, Roberto Roger”.

Para García, jubilado de la Universidad Autónoma de Nuevo León desde 2000, la técnica Graham y el ballet clásico son formativos “no para bailar, sino para fortalecer los músculos y bailen lo que quieran: música mexicana, espirituales negros, todo lo que quieran”.

Integra el Taller de Danza Contemporánea con gran actividad interna en la Facultad de Artes Escénicas, del que recuerda coreografías como el Huapango estilizado y Sub Marcos, entre otras, con presentaciones en San Luis Potosí y Aguascalientes, además de diferentes escenarios de la localidad.

“Como teníamos un taller y no un grupo”, dice, “no podíamos participar en los diferentes encuentros de danza contemporánea y lo absurdo es que muchos de los bailarines de los grupos participantes habían sido mis alumnos”.

Sabe de la existencia y el talento de numerosos bailarines y grupos –que directa o indirectamente contribuyó a alentar–. No descansa, pues sigue enseñando de manera privada a los grupos Ágape, Mousse e Iatros, por citar algunos.

Y aún con el avance en danza en Monterrey, afirma, “falta mucho, falta mucho por hacer”.

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