Emilio Carballido soy yo

De WikiNoticias UANL

1 de diciembre de 2005

El dramaturgo mexicano vivo más importante en la actualidad recibió un homenaje por sus 80 años de vida de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

¿Cuál ha sido su relación con la UANL? Es una relación muy complicada y muy bonita. Ya que he presentado ponencias y cursos, he estado presente con ustedes bastante tiempo.

¿Cuál ha sido su relación con la comunidad de teatro en Nuevo León? Muy buena, la más antigua yo creo del país, después del D. F., porque el primer contacto fue Te juro Juana que tengo ganas que estaba produciendo Luis Martín. Fue lo primero que conocí, que vi acá, de teatro regiomontano, conocí a los actores y conocí a Luis. Y se me hizo una amistad muy sólida con todos.

Como dramaturgo, ¿de qué elementos debe rodearse para hacer sus textos? ¡Pues de lo que caiga! Lo que traiga la vida, lo que ocurra o lo que sea. No tengo que escoger nada, tiene que pasar accidentalmente una cosa o bien normalmente otra y de repente descubro algo de una situación que se me hace muy conocida o bien ocurre que venga de pronto una cosa muy sorprendente o de muy de primer cambio, algo que me hace sorprender y me hace decir: ah, esta cosa pasa. O bien, al contrario, las cosas que pasan todos los días, es un ambiente de siempre, el que justamente da impulso para escribirlo.

Usted es un autor prolífico, ¿Tiene un sistema de trabajo? Sí, tengo dos sistemas. ¿A cuál se refiere usted? ¿Al trabajo físico?

Al trabajo para la creación. Pues uno en el que no sé que va a pasar, qué voy a escribir o no. Cuando ya estoy escribiendo, cuando ya estoy trabajando, sí suceden cosas. De repente, escribí el libro de cuentos de lo último que me ha pasado, ya lo terminé, ya salió, entonces pueden salir tres obras de teatro y bueno, ya es voluntario el contacto que tiene uno con la sustancia dramática. La sustancia dramática es energía, es lo que ella quiere, pero de pronto se presenta una idea, una acción y quiere uno pescarla, y ahí está, ahí está. Tengo una obra que me ha llevado escribir 14, 16 años, venía en pedacitos y se iba la idea, otra la escribí en 10 días. No sé por qué. Una era fácil y la otra no. Ninguna parece más difícil que la otra, viéndolas juntas. Y a ver cuál es más difícil, no lo sé.

¿Se impone un reto en cada obra? Pues no. ¿Cómo sería eso?

Alguna meta. ¡Pues la obra misma! Todas las obras son una meta, desde las chiquillas hasta las enormes. Por ejemplo, el D. F., que son obritas chiquitas, chiquitas, que he ido escribiendo poco a poco al cabo de 50 años, ya terminé. Y escribí 52 obras, y de repente me di cuenta que tenía una forma, todo junto, algo que reflejaba a las estaciones del año, que tuviera cuatro periodos, cuatro ciclos de acción como las cosas nahuas y de pronto entendí que ya había terminado. Que además serían cuatro, 12 obras comunes y corrientes, y la última inmensa, con bastante gente. Entonces esto me pareció muy maravilloso, yo no lo entendía, pero en el momento que escribí la última, estas son las 13 obras cuatro veces, y ahí se quedó la historia, las 52 obras.

¿De sus definiciones para el teatro? ¿Cuál es la que lo llena más? No tengo ninguna definición ni ningún significado. Apareció cuando yo era muy jovencito y empecé a escribirlo con naturalidad. Me pareció que era lo más normal escribir teatro y me di cuenta de que no, que yo era la única persona de mi generación que lo estaba haciendo, alguien estaba escribiendo otra cosa, yo estaba escribiendo teatro. ¡Ay qué bueno! Pedí a algunas gentes que escribiera. Le pedí a Luisa Josefina Hernández que escribiera teatro y lo hizo, otros dramaturgos lo hicieron. Sergio Magaña rápidamente saltó a escribir. Ya somos tres. Escribíamos porque había foros muy vacíos y era cierto. Esto sucedió cuando por fin estrené una obra, era un pasmo, ¡cómo! ¡Autor nuevo! Era yo. Me comentaban que días antes le daban la bienvenida a Luis G. Basurto que había sido el único autor joven. A mí me dio coraje. Yo no había tenido oportunidad de nada (de estrenar la obra). Hasta que estuve ya en un ambiente con bastante gente alrededor me sentí a gusto.

¿Un buen texto dramático es garantía de que se traduzca en una buena puesta en escena? Mire, de un mal texto dramático resulta una buena puesta en escena. Todo mundo la ve y se queda atónito de lo buena que es, pero no es la obra dramática, es el montaje. Fíjese por ejemplo, en esa obra sobre Mozart, que es tan mala obra la verdad y que salió tan bien, es un montaje que se vio por todas partes y el autor se quedó admirándose a sí mismo y fue trabajo del director. Es muy difícil el trabajo del foro, puede pasar cualquier cosa. Pueden las obras buenas tropezarse y caerse de boca, y las malas pasar triunfantes.

En lugar de regodearse en sus triunfos, usted ha apoyado a los jóvenes. ¿Cuál es su experiencia en este sentido? Pues es lo normal. Los apoyos desde que yo era joven también. Mis compañeros ya eran unos señores y todos ellos tenían ganas también que los apoyara y los apoyé. Y se fue sucediendo por generaciones.

¿Ha evolucionado su teatro desde su primera obra hasta ahora? A veces no sé ni en cual. Hay cambios en la actitud para escribir. Ahora escribo con más facilidad, con más sorpresas de lo que me encuentro, pero me encuentro muy fácilmente. Aparece y lo escribo. Pero no encuentro una diferencia entre Rosalba y los llaveros, Silencio pollos pelones… y esta obra de Rosa de dos aromas. Rosa de dos aromas la escribí al mismo tiempo que Orinoco, es su hermana gemela. A Orinoco le ha ido muy bien, la han puesto en muchas partes. Cuando escribí esto y me dijo una doctora: “Con esto vas a transformar al mundo”. Rosa de dos aromas se volvió un taquillazo y no entendía por qué. Es una historia sencilla, se volvió transparente lo que iba a suceder. ¿Cómo pasa esto? Cambian los repartos y se sigue montando. Sigue yendo la gente a verla. Tengo otras obras igual de valiosas y sensatas y no pasa nada especial con ellas. No tengo idea de qué dependa esto. El éxito de las obras, su duración y su permanencia en el repertorio o donde sea, creo que escapan a la voluntad del autor, que son como casualidades, que funcionan por alguna cosa que está en el papel. ¿Qué tiene Rosa de dos aromas que no tenga Orinoco? Lo que tienen las dos es que son muy económicas, de dos actrices. Esa es una razón para ponerlas, claro. ¿Qué tienen que sea superior a una obra de tres personajes como Luminaria?

¿En qué medida es parte de las realidades que muestra en sus obras de teatro? Soy el autor en primer lugar, las estoy inventando, lo cual es fácil y sencillo. Segundo, son una extensión del ambiente en que me muevo. Imitación de un ambiente que invento, que se parece al ambiente en que estoy.

¿Cuáles son sus directores favoritos? Me han dejado satisfecho muchos directores, es curioso. En cambio, algunos autores dicen: Los directores son malísimos, ¡ay qué mal nos tratan! A mí me han tratado bien. El primer director que tuve fue Salvador Novo que tomó Rosalba y los llaveros y la volvió una joyita y la tuvo un año viva. La quería muchísimo. Luego Fernando Wagner, también me dirigió varias obras. Y después Dagoberto Guillaumín es otro que me ha puesto varias obras muy bien. Y acá Luis Martín. Todo lo que ha puesto Luis lo ha puesto bien. Aquí lo conocí en Te juro Juana que tengo ganas, que es muy difícil. La he visto mal puesta en todo México, una porquería, realmente espantosa. Aquí fue al revés. Aquí salía derechita con todos sus adornos y pesadillas, con todo. Muy bonito.

¿Cuál es la obra suya que más satisfacciones le ha dado? Tengo muchas satisfacciones de muchas obras. Es rara la obra que ha salido muy mal que pasó con Acapulco los lunes que luego la puso Luis Martín y salió radiante. Es un montaje muy bonito y quedé satisfecho con la obra, que quedó como quería yo. Uno las quiere por feítas: pobrecitas…En realidad a uno le gustan todas. Y las he visto en otros idiomas. En Yugoslavia no las entendí. Verlas en francés era bonito o en inglés, bueno, en portugués, que tampoco lo entiendo.

¿Cómo ve el panorama de la dramaturgia mexicana? El panorama está muy bien. Ha ido floreciendo cada vez más. Al principio estaba solo, luego tres y cuatro. Y luego se formó una pandilla completa que están trabajando. Luis Mario Moncada, Sabina Berman y otros. Además una bola de muchachos jóvenes muy agradables, que escriben muy bien. Uno sale de ver sus obras muy contento. Muy curioso, muy interesante.

¿Considera que hay una tendencia del teatro nacional? Si la hay, yo no la percibo. La tendencia es decir todo. Decir de México, del hombre que vive aquí, de lo que somos. Entonces, se hace con esa intención la obra, pero sigue siendo México, una obra mexicana.

¿Quién es Emilio Carballido? ¡Yo!

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