El teatro ha sido su mejor amante

De WikiNoticias UANL

9 de agosto de 2005

El actor Alfonso Alvarado no duda en afirmar enfático y con sentido del humor que el teatro ha sido no sólo su mejor amante, sino también su gran amor.

En el escenario de su mirada se presentan, en una temporada de duración indefinida, la serenidad, el agradecimiento y la satisfacción como personajes de una obra cuya temática es la relación de toda la vida entre un hombre grande y su único amante.

Los protagonistas de esta relación, que hasta entonces había durado 45 años, son –por orden de aparición–: el teatro y Alfonso Alvarado, una de las grandes figuras teatrales en Monterrey.

Juntos han vivido y se han disfrutado, han reñido –quizás– y se han reconciliado, se han dado todo uno al otro y –sobre todo– han demostrado que ese amor sólo terminará el día que ambos dejen de existir.

Pero la gratitud saturaba las emociones de Alfonso Alvarado porque su amante, su amor, le haría otro regalo inolvidable: el Festival de Teatro Nuevo León 2005, del 4 al 13 de agosto, sería un homenaje a la vida y trayectoria del actor.

SU VIDA

Nació en una pequeña comunidad de Allende, N. L., en 1933. A sus cinco años quedó huérfano de padre y cuando tenía 16 perdió también a su madre, así que por destino y por necesidad, dice, se convirtió en una persona totalmente independiente, una condición de vida que lo ha seguido por siempre.

Como también dijo, él entró grande a la escena teatral de Monterrey y se refería a la edad, pues a sus 27 años, en 1959, inició como comparsa en la obra Los signos del zodiaco de Sergio Magaña, puesta en escena en el Aula Magna de la Universidad Autónoma de Nuevo León, dirigida por Julián Guajardo y protagonizada por Emma Mirthala Cantú y Rubén Orozco.

Aunque desde antes tenía nexos con el teatro, aclaró, ya que participaba como traspunte en el Núcleo de Arte Teatral (NAT), un grupo que dirigía Elisa María Ortiz de González Garza. Así, a partir de entonces, el teatro le dio todo: amigos, familia y una forma de vivir, también lo absorbió y lo arrastró, y él lo había disfrutado.

Al terminar Los signos del zodiaco casi ligó su trabajo con otra obra: Amátridas, de Gerardo de León, regiomontano también, y que fue montada para apoyar económicamente a Julián Guajardo, quien recién había recibido una beca de la Universidad de Nuevo León para continuar sus estudios de dirección teatral en Checoslovaquia.

Era el inicio de la década de los 60 y seguía trabajando, ahora con Luis Martín Garza, quien siempre lo apoyó en su carrera, desde el inicio, recordó. Con él trabajó en una serie muy interesante de producciones, entre las que destaca Medea, de Eurípides.

Desde entonces su andar de un grupo a otro y de una escena a otra como actor independiente había sido constante y, sobre todo al inicio, por amor al arte, como ocurre en muchas historias, porque su primer pago como actor lo recibió después de cuatro años de trabajo.

“Fue en 1963 ó 1964 cuando recibí mi primer pago en El inspector, de Gogol, una obra puesta en el Teatro Monterrey y dirigida por el Ing. Jorge Lozano, –recuerda–, allí recibí mis primeros 100 pesos… fue mi primer pago, simbólico realmente.

“Así es esto, –dice–, también he tenido épocas en que he vivido del teatro muy cómodamente, pero tienes que combinar. Cuando empecé a hacer comedia, para hacer un nombre en taquilla, vivimos mucha gente muy cómodamente, pero luego vuelvo a hacer teatro de calidad y ahí no hay mucha remuneración. Entonces hay que ir mezclando”.

A lo largo de 45 años de carrera teatral Alfonso Alvarado había trabajado en 92 producciones. Son demasiadas, consideró, porque no siempre el teatro había sido de temporadas largas.

“Yo he tenido la suerte, porque creo que esto es suerte, pues empecé trabajando en grandes, grandes, grandes producciones”.

Entre las obras que son parte de su repertorio están: Historias para ser contadas, con la que su grupo obtuvo un primer lugar en la ciudad de México, en un certamen del INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes).

También: Orquesta de señoritas, El cianuro sólo con leche, Las moscas de Jean Paul Sartre; Los árboles mueren de pie, en la que alternó con la inolvidable Ofelia Guilmáin, tanto en Monterrey como en la capital del país; El dandy del Hotel Savoy, Las hermanitas de Acámbaro, en la que actuó al lado de María Victoria, y Ocho columnas de Salvador Novo.

Su carrera ha abarcado todos los géneros teatrales, desde farsa y comedia hasta teatro clásico y sus personajes han recreado en la escena a múltiples facetas de la compleja personalidad humana.

En escena ha sido general, cura, obispo, mujer, gente de pueblo, norteño, músico… de todo, aunque en realidad ninguno de esos personajes ha sido fácil, porque cada uno representa un desgaste físico y emocional para el actor. Sin embargo, él los recuerda con satisfacción.

“¡Que bonita gama!, ¿no?”, expresa con un dejo de satisfacción y agrega: “He sido una persona que ha vivido para el teatro. Viví para el teatro muchos años, aunque no hubiera dinero, porque todo tipo de teatro es bueno, desde la farsa. Una farsa bien hecha es maravillosa y hablar de los clásicos es… es superior, creo que al teatro no lo podría dejar”.

Recuerda una expresión que define a su amor, aunque no recuerda a la autora. “No sé quién lo dijo, si fue la Montejo (Carmen), pero alguien lo dijo: ‘La televisión es el mejor amor; el cine, el mejor esposo, te da todo, fama y dinero, y el teatro es el mejor amante, que te quita todo y no te da nada”.

Él dijo que, en realidad, el teatro sí da mucho, grandes y muy bonitas satisfacciones; dinero, cuando un actor hace teatro fácil o digerible para los públicos más numerosos, amigos y compañeros.

También le ha dado experiencias y vivencias, porque a través de la preparación para interpretar a cada personaje se convirtió, como todo actor, en un observador permanente del ser humano, en cómo se conduce, cómo se expresa y cómo se comporta, para proyectarlo desde el escenario.

Alfonso Alvarado no piensa ni se expresa en tiempo pretérito, ni siquiera para asomarse a los éxitos, menos a los fracasos. Se ubica en el futuro y sólo piensa en lo que va a hacer mañana, para que el teatro no muera, aunque admite que él sólo no podría cambiar muchas cosas.

Vive como toda la gente de teatro, dice, tejiendo y destejiendo, como Penélope. A fin de cuentas el teatro es eso, un arte que le permite adueñarse de personajes reales o imaginarios; un juego mágico y fantástico que comunica ilusión y magia a través de las luces, el maquillaje, el vestuario, las palabras y los gestos.

“La vida diaria te enseña que si hoy te ocurre algo malo, mañana no te va a pasar otra vez. Los actores siempre estamos tejiendo y destejiendo, como Penélope, y armamos obras y estrenamos, y tenemos éxito y al día siguiente nos despertamos. Nos hacemos 80 ilusiones diarias, pero si no fuera así ¿qué pasaría?”.

Su tarea es disfrutar el teatro arriba del escenario o como espectador, impulsando a las figuras jóvenes que vienen o que ya están ahí, listas para la tercera llamada.

“Ahora veo el teatro que hace el Tecnológico, la Universidad de Monterrey o en la Universidad Autónoma de Nuevo León y hay un esfuerzo muy interesante, entre esto lo que está haciendo Hernán Galindo en forma independiente, pero de muy buena calidad, espero que le vaya muy bien y que no vaya a desmayar, que le siga, que le siga y que le siga.

“Hay actores con una gran visión y no creo que haya muy buenos sueldos; no sé cómo están trabajando, pero es muy admirable lo que están haciendo, creo que es de lo mejor que se está haciendo horita y que están creando un público con cosas muy dignas.

“¿Te imaginas, porque no lo puedo hacer yo, voy a amargarme? ¡No, tengo que disfrutarlo y apreciar lo que los jóvenes traen porque dice uno esto no va a morir, todo lo que hace esta nueva ola de jóvenes es muy interesante y lo disfruto!”

Si del pasado Alfonso Alvarado puede rescatar algo, se queda con dos frases que le dedicó la Guilmaín en el año 2000, cuando terminaron de hacer Los árboles mueren de pie.

La primera, la pronunció: “Si Buñuel te hubiera conocido, lo habrías atrapado”, y la segunda que le escribió en una foto: “¡Qué actor!” *

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