Decapitar es un acto de apropiación del espíritu de la víctima

De WikiNoticias UANL

5 de agosto de 2009

El hombre sin cabeza, presentado dentro de la Escuela de Verano 2009 en un capítulo más de la Cátedra UANL-Anagrama, constituye un testimonio histórico de la violencia en el México contemporáneo a través del fenómeno de los decapitados.

La decapitación como mensaje de mensajes es el tema de Sergio González Rodríguez en su más reciente acto de valentía literaria, El hombre sin cabeza, (Anagrama, 2009).

El narrador, crítico y ensayista había sufrido asalto, secuestro y amenazas durante las indagaciones para su libro Huesos en el desierto (2002), sobre los asesinatos sistemáticos a mujeres en Ciudad Juárez.

“Ahí aparecían ciertos usos criminales como dejar mensajes en los cuerpos de las victimas”, relata el consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Ángel.

“Cuando empezaron a proliferar las decapitaciones en México allá por 2003 se hizo notoria la presencia de narcomensajes, desafío a grupos delincuenciales rivales, a las autoridades, amenazas a la gente para que no incurriera en delaciones, el resultado es que el año pasado hubo más de 170 decapitaciones, todas vinculadas al crimen organizado, para provocar miedo, parálisis, indiferencia. Por eso he querido profundizar en lo que esto representa para el entendimiento del estatuto humano, de la persona, y de la historia de México.”

Así surgió El hombre sin cabeza, del análisis de una circunstancia real, terrible, y sus relaciones con efectos históricos como la presencia de al menos tres decapitaciones simbólicas que el autor estima dentro de su visión cultural hacia el fenómeno.

“Tenemos el caso del cura Hidalgo, líder de la independencia en México decapitado, y su cabeza colgada en la Alhóndiga de Granaditas, la existencia de los zompantli, estas decapitaciones rituales en la época prehispánicas, y la cabeza de Pancho Villa, cuya tumba es saqueada, lo decapitan y hasta el momento no se sabe donde está.”

Una aproximación de campo más directa libera la obra del morbo escandaloso y le otorga un sentido ético hacia la reflexión, la escritura impecable entreteje los testimonios de un cortador de cabezas, de agentes de seguridad y vivencias propias, pasando a la historia como un texto tal vez triste, pero necesario.

“Mi invitación a la lectura busca establecer un diálogo con los lectores, es una crónica reportaje, a la vez un ensayo enlazado por testimonios personales y lo que pasa conmigo como espectador de la violencia, al atestiguar en videos, en fotografías, en las noticias cotidianas esta guerra entre grupos delincuenciales por ver quién es mas cruel, quién pude decapitar a más personas, se vuelve un torneo de machismo y un desafío absoluto a todas las normas, por eso merece una reflexión.”

El libro registra usos y costumbres en la violencia del crimen organizado y todo un andamiaje de ritualidad delincuencial, relacionada con cultos a la Santa Muerte, el chamanismo prehispánico, la brujería afrocaribeña, el budú, la santería cubana, y un sincretismo contemporáneo donde todo se ensambla finalmente.

“Hay un culto al rito, el decapitador y su jefe ofrecen la sangre del decapitado a la Santa Muerte en una ceremonia especial, esto hace que la ideología de los criminales se vaya haciendo más estructurada, los que aspiran a entrar en el grupo deben adscribirse a esa estructuración simbólica religiosa de creencia sectaria, así logran el silencio y la fraternidad delincuencial, ritos basados en la sangre, la indisolubilidad, la creación de un efecto de miedo.”

El estudio de González Rodríguez alcanza no sólo a las víctimas sino a los victimarios, el trasfondo de su gesta contra las instituciones, y explora posibles respuestas al México de hoy, ya no un país de tránsito de drogas, sino de consumo y armas de alto poder.

La crisis en las fronteras por el tráfico de indocumentados y sus mafias vinculadas además al narcotráfico, crean industrias delincuenciales que destruyen la situación institucional del país, advierte el escritor.

“Por eso para mi es tan importante la reflexión conjunta, la violencia se ha hecho mas explícita, tiene que ver con la reacción de la propia cultura de la gente, empezó desde los narcocorridos, las vestimentas, los códigos, los propios usos o modismos del lenguaje, debemos entender la realidad desde lo popular, falta la contraparte, estudiar suficientemente el fenómeno a nivel cultural.”

Alude también la degradación institucional, la corrupción de corporaciones policíacas de todo nivel, y la dificultad institucional para combatir las industrias delincuenciales y el secuestro, un testimoniante del libro lo ilustra en cifras: de cada diez comandantes policíacos en México, siete son creyentes en la Santa Muerte, de manera que hay una fraternidad que une a policías y criminales.

“Es un impacto que durará por lo menos dos generaciones más, estamos hablando de unos 50 años para que recuperemos un status mínimo en control de delitos y procedimientos institucionales.”

La cabeza en el plato puesta en portada pertenece a una fotografía tomada en 1991 por el fotógrafo estadounidense Joel-Peter Witkin, así el recorrido visual e interpretativo del libro es una unidad simbólica y reflexiva, un asunto cultural que en medio del Internet y los teléfonos celulares surge como expresión máxima de violencia primitivista e impunidad.

“Decapitar a alguien no solo es cortarle el estatuto de persona, es un acto mediante el cual el victimario se apropia del espíritu, del alma del decapitado, lo vence de manera absoluta, por eso hay que estudiar el trasfondo de los hechos, ser la voz de las víctimas, establecer puntos de vista diversos y tener una mayor exigencia ante la expectación de nuestra realidad.”

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